1929-1932: Capítulo 16. Cambio de orientación del partido bolchevique, de la Historia de la Revolución Rusa
The History of the Russian Revolution fue escrita en ruso en el destierro de Trotsky en la isla de Prinkipo, mar de Mármara, Turquía. Iniciada por él en 1929 -en noviembre Alexandra Ramm recibió la primera sinopsis- y acabada el 29 de junio de 1932, en que envía a Alexandra Ramm el último Apéndice que cerraba el tercer volumen, aparece The History of the Russian Revolution. vols I-III, traducida por Max Eastman, en Londres 1932-33.
Este capítulo del libro de Lev Trostky "Istoria ruscoi revolutsii", está tomado de la edición en español "Historia de la revolución rusa", publicada por SARPE (Madrid) en 1985, utilizando la traducción de Andrés Nin, Lucía Gonzalez y Luis Pastor. Pags. 253-264.
Editado digitalmente para RED VASCA ROJA por Julagaray. Donostia, Gipuzkoa, Euskal Herria. 22 de julio de 1997.
Ver comentario de esta obra en nuestra Guía de Lecturas.
¿Cómo se explica el extraordinario aislamiento en
que se encontraba Lenin a principios de abril? ¿Cómo
pudo llegarse a semejante situación? Y ¿cómo
se consiguió el cambio de orientación de los cuadros
bolcheviques?
Desde 1905, el partido bolchevista había sostenido la lucha
contra la autocracia bajo la bandera de «dictadura democrática
del proletariado y de los campesinos». Esta bandera y su
fundamentación teórica, procedían de Lenin.
Por oposición a los mencheviques, cuyo teórico,
Plejánov, lucha irreconciliablemente contra «la falsa
idea» de hacer la revolución burguesa sin la burguesía,
Lenin entendía que la burguesía rusa era ya incapaz
de dirigir su propia revolución. Sólo el proletariado
y los campesinos, estrechamente aliados, podían llevar
hasta sus últimas consecuencias la revolución democrática
contra la monarquía y los terratenientes. El triunfo de
esta alianza debía dar como fruto, a juicio de Lenin, la
dictadura democrática, la cual no sólo no se identificaba
con la dictadura del proletariado, sino que, al contrario, se
oponía a ella, pues sus objetivo no era la instauración
del socialismo, ni siquiera la implantación de formas minoritarias
hacia él, sino únicamente el implacable baldeo y
desalojamiento de los establos de Augias de la sociedad medieval.
El objetivo de la lucha revolucionaria se definía con perfecta
precisión mediante tres divisas de combate: república
democrática, confiscación de las tierras de los
grandes propietarios y jornada de ocho horas, las tres consignas
a las que se llamaba vulgarmente «las tres ballenas del bolchevismo»,
aludiendo a las tres ballenas en que, según la vieja leyenda
popular, se apoya la Tierra.
El problema de la implantación de la dictadura democrática
del proletariado y de los campesinos se resolvía en relación
con el problema de la capacidad de éstos para hacer su
propia revolución, esto es, para crear un nuevo poder capaz
de liquidar la monarquía y el régimen agrario aristocrático.
Es cierto que la consigna de la dictadura democrática presuponía
asimismo la participación de representantes obreros en
el gobierno revolucionario. Pero esta participación se
limitaba de antemano a asignarle al proletariado la misión
de aliado de izquierda para ir a los objetivos de la revolución
campesina. La idea, popularmente extendida y aun oficialmente
preconizada, de la hegemonía del proletariado en la revolución
democrática, sólo podía, por consiguiente,
significar que el partido obrero ayudaría a los campesinos
con las armas políticas propias de su arsenal, les indicaría
los mejores procedimientos y métodos para liquidar la sociedad
feudal y les enseñaría a aplicarlos en la práctica.
Desde luego, el papel dirigente que se asignaba al proletariado
en la revolución burguesa no significaba, ni mucho menos,
que éste hubiera de aprovecharse de la insurrección
campesina para poner sobre el tapete, apoyándose en ella,
sus fines históricos propios, o sea, el tránsito
directo a la sociedad socialista. Establecíase una división
marcada entre la hegemonía del proletariado en la revolución
democrática y la dictadura del proletariado, contraponiéndose
polémicamente la primera a la segunda. En estas ideas se
educó el partido bolchevique desde la primavera de 1905.
El giro que en la práctica tomó la revolución
de Febrero rompió el esquema tradicional de bolchevismo.
La revolución se hizo gracias a la alianza de obreros y
campesinos. El hecho de que éstos actuaran principalmente
bajo el uniforme de soldados no hace cambiar las cosas. La conducta
seguida por el ejército campesino del zarismo hubiera tenido
siempre una importancia decisiva, aun dado el caso de que la revolución
se hubiera desarrollado en tiempos de paz. En la situación
creada por la guerra se comprende mejor todavía que los
millones de hombres que componían el ejército eclipsaron
en un principio, por decirlo así, a los campesinos.
Triunfante el movimiento, los obreros y los soldados resultaron
ser los amos de la situación. Juzgando a primera vista,
podría decirse que se instauró la dictadura democrática
de los obreros y los campesinos. Sin embargo, la revolución
de Febrero llevó al poder, en realidad, a un gobierno burgués,
con la sola particularidad de que el nuevo poder de las clases
poseedoras se veía circunscrito por el de los soviets de
obreros y soldados, si bien éste no se llevaba hasta sus
últimas consecuencias. La baraja se revolvió. En
vez de una dictadura revolucionaria, es decir, de una concentración
de poder, se instauró un régimen incoherente de
poder dual, en el que las menguadas energías de los elementos
dirigentes se malgastaban estérilmente en superar los conflictos
internos. Nadie había previsto este régimen. Además,
del pronóstico político no se puede exigir que indique
más que las líneas generales del proceso histórico,
y nunca sus combinaciones fortuitas y episódicas. «Nadie
ha podido hacer nunca una gran revolución sabiendo de antemano
cómo habría de desarrollarse hasta el fin -había
de decir más tarde Lenin-. ¿De dónde iba a
sacar esas previsiones? De los libros, no, porque esos libros
no existen. Sólo la experiencia de las masas podía
inspirar nuestras decisiones.»
Pero el pensamiento humano y, sobre todo, a veces, el de los revolucionarios,
es por naturaleza conservador. Los cuadros bolcheviques de Rusia
seguían aferrándose al viejo esquema enfocando la
revolución de Febrero, sin ver que ésta encerraba
dos regímenes incompatibles, ni más ni menos que
como la primera etapa de la revolución burguesa. A fines
de marzo, Ríkov enviaba a la Pravda, desde Siberia,
en nombre de los socialdemócratas, un telegrama de salutación
con motivo del triunfo de la «revolución nacional»,
cuyo objetivo consistía en la «conquista de las libertades
políticas». Todos los dirigentes bolcheviques sin
excepción -nosotros no conocemos ninguna- entendían
que la dictadura democrática pertenecía todavía
al porvenir. Cuando el gobierno provisional de la burguesía
«haya dado todo lo que pueda dar de sí», se instaurará
la dictadura democrática de los obreros y campesinos como
antesala del régimen parlamentario burgués. Perspectiva
completamente falsa. El régimen instaurado por la revolución
de Febrero, no sólo no preparaba la dictadura democrática,
sino que era la prueba viviente y definitiva de que esta dictadura
era completamente imposible. Que la democracia conciliadora no
había entregado el poder a los liberales porque sí,
por culpa de la ligereza de un Kerenski y de la limitación
de un Cheidse, lo demuestra el hecho de que durante los ocho meses
siguientes luchara con todas sus fuerzas por la conservación
del gobierno burgués, aplastando a los obreros, campesinos
y soldados hasta que el 25 de octubre cayó combatiendo
como aliada y defensora de la burguesía. Pero ya desde
un principio era claro que si la democracia, que tenía
ante sí objetivos gigantescos que realizar y contaba con
el apoyo ilimitado de las masas, renunciaba voluntariamente al
poder, esta actitud no obedecía precisamente a principios
políticos ni a prejuicios, sino a la situación sin
salida en que se encuentra la pequeña burguesía
dentro de la sociedad capitalista, especialmente en los períodos
de guerra y revolución, cuando se deciden los problemas
fundamentales de la existencia de los países, los pueblos
y las clases. Al entregar el cetro del gobierno a Miliukov, la
pequeña burguesía decíase: «No; la obra
que hay que acometer es superior a mis fuerzas.»
La clase campesina, en que se apoyaba la democracia conciliadora,
encierra en forma embrionaria todas las clases de la sociedad
burguesa. s, con la pequeña burguesía de las ciudades
-que, dicho sea de paso, en Rusia no desempeñó nunca
un papel serio- el protoplasma del cual sale la diferenciación
de las nuevas clases en el pasado y en el presente. Los campesinos
tienen siempre dos caras: una mira hacia la burguesía,
otra hacia el proletariado. La posición intermedia, conciliadora,
de todos los partidos «campesinos», tales como el socialrevolucionario,
sólo puede mantenerse bajo las condiciones de un estancamiento
político relativo; en épocas revolucionarias, llega
inevitablemente un momento en que la pequeña burguesía
tiene que elegir. Los socialrevolucionarios y los mencheviques
eligieron desde el primer momento y mataron en embrión
la «dictadura democrática» para evitar que ésta
se convirtiese en un puente tendido hacia la dictadura del proletariado.
No vieron que con ello abrían la puerta a ésta,
aunque por el otro extremo. Por no servir de puente, prefirieron
servir de blanco.
Evidentemente, el desarrollo del proceso revolucionario tenía
que apoyarse en los nuevos hechos y no en los viejos esquemas.
En la persona de sus representantes, las masas, en parte contra
su voluntad y en parte sin que se dieran cuenta de ello, viéronse
arrastradas por la mecánica de la dualidad de poderes.
Desde este momento, no tenían más remedio que pasar
por este régimen para convencerse prácticamente
de que no podía darles ni paz ni tierra. En adelante, alejarse
del régimen de la dualidad de poderes significará,
para las masas, romper con los socialrevolucionarios y con los
mencheviques. Pero era de una evidencia innegable que el cambio
de frente operado por los obreros y soldados con rumbo a los bolcheviques
y que acabó por derrumbar todo el edificio de doble poder,
no podía ya conducir más que a la dictadura del
proletariado, apoyada en la alianza de los obreros y los campesinos.
En caso de derrota de las masas proletarias, sobre las ruinas
del partido bolchevique no se hubiera podido implantar más
régimen que la dictadura militar del capitalismo. Tanto
en un caso como en otro, la «dictadura democrática»
estaban de más. Al volver los ojos hacia ella, los bolcheviques
se volvían en realidad hacia un fantasma del pasado. Así
estaban las cosas cuando llegó a Petrogrado Lenin, animado
por la resolución inquebrantable de conducir al partido
por nuevos rumbos.
Es cierto que hasta el momento mismo de estallar la revolución
de Febrero, el propio Lenin no había sustituido todavía
por ninguna otra, ni siquiera condicional o hipotéticamente,
la fórmula de la dictadura democrática. ¿Obró
acertadamente? Nosotros creemos que no. Los derroteros del partido
después de la revolución pusieron de manifiesto
con caracteres harto peligroso, en aquellas condiciones, sólo
un Lenin podía imponer. Y se disponía, en efecto,
a hacerlo, poniendo al rojo y retemplando su acero en el fuego
de la guerra. La perspectiva general del proceso histórico,
tal como él la veía, cambió. Las conmociones
de la guerra acentuaron extraordinariamente las posibilidades
de la revolución socialista en Occidente. La revolución
rusa que, para Lenin, seguía siendo democrática,
imprimiría a su modo de ver, gran impulso a la transformación
socialista de Europa, que luego arrastraría a su torbellino
a la atrasada Rusia. Tal era, a grandes rasgos, la idea de Lenin
cuando salió de Zurich hacia Petrogrado. En la carta de
despedida a los obreros suizos, que citábamos anteriormente,
se dice: «Rusia es un país campesino, uno de los países
más atrasados de Europa. El socialismo no podrá
triunfar allí de un modo inmediato. Pero el carácter
rural del país, con el fondo inmenso de tierras señoriales
que se ha conservado, puede infundir, a base de la experiencia
de 1905, proporciones inmensas a la revolución democrático-burguesa
en Rusia y hacer de nuestra revolución el prólogo
de la revolución socialista mundial, un peldaño
hacia ésta.» Inspirándose en ese sentido, Lenin
dice por primera vez en esta carta que el proletariado ruso «comenzará»
la revolución socialista.
He ahí el eslabón que unía la antigua posición
del bolchevismo, en que la revolución se reducía
a objetivos democráticos, a la nueva posición que
Lenin definió por primera vez ante el partido en sus tesis
del 4 de abril. A primera vista, la perspectiva de un tránsito
inmediato a la dictadura del proletariado parecía completamente
inesperada y en contradicción con las tradiciones del movimiento,
inconcebible, en una palabra. Aquí es oportuno recordar
que, hasta el momento mismo de la explosión revolucionaria
de Febrero y en el período que inmediatamente la siguió,
se calificaba de «trostquismo», no la idea de que fuera
imposible edificar una sociedad socialista dentro de las fronteras
de Rusia -por la sencilla razón de que la idea de tal «posibilidad»
no fue expresada por nadie antes de 1924, y es poco probable que
a nadie se le ocurriera-, sino la de que el proletariado de Rusia
pudiera llegar al poder antes que el proletariado de los países
occidentales, en cuyo caso no podría mantenerse dentro
de los límites de la dictadura democrática, sino
que tendría que afrontar inmediatamente la implantación
de las primeras medidas socialistas. No tiene nada de extraño
que las tesis leninistas de abril fueron tachadas de «trostquistas».
Las objeciones de los «viejos bolcheviques» se orientaban
en distintos sentidos. La principal discusión giraba en
torno al problema de si podía o no darse por terminada
la revolución democrático-burguesa. Como la revolución
agraria no se había hecho aún, los adversarios de
Lenin afirmaban, con razón, que la revolución democrática
no se había desarrollado hasta sus últimas consecuencias,
y de aquí sacaban la conclusión de que no era factible
la dictadura del proletariado, aun dado el caso de que las condiciones
sociales de Rusia lo consintieran, en un plazo más o menos
próximo. Así era, precisamente, como planteaba el
problema la redacción de la Pravda, en el pasaje
que hemos citado más arriba. Más tarde, en la conferencia
de abril, Kámenev repetía: «Lenin no tiene
razón cuando dice que la revolución democrático-burguesa
ha terminado... La supervivencia clásica del feudalismo,
la gran propiedad agraria, no ha sido liquidada aún...
El Estado no se ha transformado todavía en sociedad democrática....
Aún no puede decirse que la democracia burguesa haya agotado
todas las posibilidades.»
«La dictadura democrática -objeta Tosmki- es nuestra
base... Debemos organizar el poder de proletariado y de los campesinos,
no confundirlo con la Comuna, en que el poder pertenece exclusivamente
al proletariado.»
Naturalmente, Lenin veía tan claramente como sus contrincantes,
que la revolución democrática no había terminado
aún, o más exactamente que, apenas iniciada, se
volvía ya atrás. Pero, de aquí se deducía,
precisamente, que sólo era posible llevarla hasta el fin
bajo el régimen de una nueva clase, al cual no se podía
llegar más que arrancando a las masas a la influencia de
los mencheviques y socialrevolucionarios, o sea, a la influencia
indirecta de la burguesía liberal. Lo que unía a
estos partidos con los obreros, y sobre todo con los soldados,
era la idea de la defensa -»defensa del país»
o «defensa de la revolución»-. Por eso, Lenin
exigía una política intransigente frente a todos
los matices del socialpatriotismo. Separar al partido de las masas
atrasadas, para después libertar a estas últimas
de su atraso. «Hay que dejar el viejo bolchevismo -repetía-.
Es necesario establecer una línea divisoria clara entre
la pequeña burguesía y el proletariado asalariado.»
A quien observase superficialmente las cosas, podía parecerle
que los adversarios inveterados habían trocado entre sí
las armas, que los mencheviques y socialrevolucionarios representaban
ahora a la mayoría de los obreros y soldados, dando realidad
en la práctica a la alianza política del proletariado
y la clase campesina, predicada siempre por los bolcheviques contra
los mencheviques. Lenin exigía que la vanguardia proletaria
rompiese esta alianza. En realidad, las dos partes permanecían
fieles a sí mismas. Los mencheviques entendían,
como siempre, que su misión era apoyar a la burguesía
liberal. Su alianza con los socialrevolucionarios no era más
que un recurso para reforzar e intensifica este apoyo. Y a su
vez, la ruptura de la vanguardia proletaria con el bloque pequeño
burgués, implicaba la preparación de al alianza
de los obreros y los campesinos bajo el caudillaje del partido
bolchevique, o sea, la dictadura del proletariado.
Objeciones de otro orden se basaban en el atraso histórico
de Rusia. El poder ejercido por la clase obrera implicaba, inevitablemente,
el tránsito al socialismo, y la economía y la cultura
de Rusia no estaban maduras para esto. Había que llevar
a cabo la revolución democrática hasta sus últimas
consecuencias. Sólo el triunfo de la revolución
socialista en Occidente podía justificar la dictadura del
proletariado en Rusia. Tales fueron las objeciones de Ríkov
en la conferencia de abril. Para Lenin, era elemental como el
a b c que las condiciones culturales y económicas
de Rusia no admitían la edificación de un Estado
socialista. Pero sabía que, en términos generales,
la sociedad no está construida de un modo tan racional,
que el momento oportuno para implantar la dictadura del proletariado
se presente precisamente en el momento en que las condiciones
económicas y culturales del país están en
sazón para el socialismo. Si la humanidad se desarrollara
de un modo tan lógico, no habría necesidad de dictaduras
ni de revoluciones. La sociedad histórica, viva, no tiene
nada de lógica, y su armonía es tanto menor cuanto
más atrasada se halla. El hecho de que en un país
atrasado como Rusia la burguesía llegara a un estado de
descomposición antes del triunfo completo del régimen
burgués y de que sólo el proletariado pudiera reemplazarla
al frente de los destinos de la nación, es la expresión
de esta falta de lógica. El atraso económico de
Rusia no exime a la clase obrera del deber histórico de
cumplir la misión que le cupo en suerte, lo que hace es
dificultar extraordinariamente el cumplimiento de esa misión.
Lenin daba una contestación simple, pero cumplida, a Ríkov,
cuando éste afirmaba por enésima vez que el socialismo
tenía que venir de países con una industria más
adelantada. «Nadie puede decir quién empezará
ni quién acabará.»
En 1921, cuando el partido, lejos todavía del anquilosamiento
burocrático, tenía la misma libertad de criterio
para analizar su pasado y para preparar su futuro, uno de los
más viejos bolcheviques. Olminski, que había tomado
una participación muy activa en la prensa del partido en
todas sus etapas, se preguntaba: «¿Cómo se explica
el hecho de que en los días de la revolución de
Febrero, el partido abrazara la senda oportunista? ¿Qué
fue lo que le permitió dar luego un tan rápido viraje
y poner proa a la senda de Octubre?» El autor, ve acertadamente,
el origen e los errores de marzo, en el hecho de que el partido
se hubiera estacionado en el rumbo hacia la dictadura democrática.
«La próxima revolución tiene que ser, necesariamente,
burguesa... Esta apreciación -dice Olminski- era obligada
para todo miembro del partido, constituía el credo oficial
de éste y fue su lema constante e invariable hasta la revolución
de Febrero de 1917 y durante algún tiempo después.»
Como ilustración, Olminski podía referirse a lo
que la Pravda decía (7 de marzo) -antes de llegar
todavía Stalin y Kámenev, es decir, cuando estaba
aún en manos de la redacción «izquierdista»,
de la que formaba parte el propio Olminski-, como hablando de
algo que, por evidente, no necesitaba ser demostrado: «Naturalmente,
en nuestro país no se trata aún de derrocar el régimen
del capital, sino tan sólo de derribar la autocracia y
el feudalismo»... El hecho de que en marzo el partido se
hallara cautivo de la democracia burguesa, deducíase de
la falta de perspectiva. «¿De dónde salió
la revolución de Octubre? -pregunta más adelante
el mismo autor-. ¿Cómo fue que el partido, desde sus
jefes hasta su más humilde militante, renunció tan
«súbitamente» a lo que había tenido por
verdad inconcusa en el transcurso de casi dos décadas?»
Sujánov, desde el campo adversario, formula la misma pregunta,
en forma distinta: «¿Cómo y por qué medios
se las ingenió Lenin para hacerse con los bolcheviques?»
En efecto, el triunfo de Lenin, dentro del partido, fue, no solo
completo, sino además muy rápido. Los adversarios
se permitieron, a este propósito, no pocas ironías
acerca del régimen personal imperante en el partido bolchevique.
Sujánov da a la pregunta por él formulada una respuesta
que armoniza en un tono con el espíritu del principio heroico:
«El genial Lenin era un prestigio histórico; he aquí
uno de los aspectos de la cuestión. Otro es que, excepción
hecha de Lenin, no había en el partido nadie ni nada. Unos
cuantos grandes generales sin Lenin, no hubieran sido nada, del
mismo modo que unos cuantos planetas, por inmensos que fuesen,
no serían nada sin el sol (dejo aparte a Trotski, que,
en aquel entonces, se hallaba aún fuera de la orden).»
Estas curiosas líneas intentan explicar la influencia de
Lenin por su ascendiente personal, que es lo mismo que si se explicase
la virtud del opio para provocar el sueño por su fuerza
narcótica. Semejante explicación no nos permite
ir muy lejos.
El ascendiente efectivo de Lenin dentro del partido era muy grande,
indudablemente, pero no ilimitado, ni mucho menos. Este ascendiente
no fue inapelable, ni siquiera mucho más tarde, aun después
de Octubre, cuando su autoridad había aumentado extraordinariamente,
pues el partido medía la fuerza de su personalidad con
el metro de los acontecimientos mundiales. Por eso tiene que parecernos
tanto más infundado que quieran explicarse, invocando la
autoridad personal escueta de Lenin, los sucesos de abril de 1917,
en un momento en que todo el sector dirigente del partido había
adoptado ya una posición opuesta a la suya.
Olminski se acerca mucho más a la solución del problema,
cuando demuestra que, a pesar de su fórmula de revolución
democrático-burguesa, el partido, con toda su política
respecto a la burguesía y a la democracia, se preparaba
prácticamente desde hacía mucho tiempo para acaudillar
al proletariado en la lucha directa por el poder. «Nosotros
(o muchos de nosotros) -dice Olminski-, nos orientábamos
inconscientemente hacia la revolución proletaria, imaginándonos
que navegábamos pro a la revolución democrático-burguesa.
En otros términos, preparábamos la revolución
de Octubre, creyendo que preparábamos la de Febrero.»
He aquí una conclusión de extraordinario valor,
que es, el propio tiempo, un testimonio irrecusable.
En la formación teórica del partido revolucionario
había un elemento contradictorio, que tenía su expresión
en la fórmula equívoca de la «dictadura democrática»
del proletariado y de los campesinos. Una delegada que intervino
en el debate suscitado en la conferencia por el informe de Lenin,
expresó el mismo pensamiento de Olminski, pero de un modo
todavía más sencillo: «El pronóstico
de los bolcheviques ha demostrado ser falso, pero la táctica
era acertada.»
En las tesis de abril, que parecían tan paradójicas,
Lenin se oponía a la vieja fórmula, apoyándose
en la tradición viva del partido: su actitud intransigente
frente a las clases dominantes y su hostilidad a toda política
e medias tintas, mientras que los «viejos bolcheviques»
oponían al desarrollo concreto de la lucha de clases recuerdos
que, aunque recientes, pertenecían ya al pasado. Lenin
contaba con un punto de apoyo muy sólido: el que le daba
toda la historia de la lucha de los bolcheviques contra los mencheviques.
No será inoportuno recordar aquí que, por aquel
entonces, los bolcheviques y los mencheviques tenían un
programa socialdemocrático común, y que, sobre el
papel, los objetivos prácticos de la revolución
democrática parecían ser idénticos en ambos
partidos. Pero, en la realidad, en la práctica no lo eran.
Inmediatamente después de la revolución, los obreros
bolcheviques asumieron la iniciativa de luchar por la jornada
de ocho horas; los mencheviques declararon inoportuna esta reivindicación.
Los bolcheviques dirigían las detenciones de los funcionarios
zaristas; los mencheviques oponíanse a aquellos «excesos».
Los bolcheviques alentaban enérgicamente la creación
de las milicias obreras; los mencheviques, por no disgustar a
la burguesía, oponían toda clase de obstáculos
al reparto de armas entre los obreros. Los bolcheviques, sin haber
rebasado aún el límite de la democracia burguesa,
obraban, o se esforzaban en obrar, como revolucionarios intransigentes,
aunque se vieran desviados de esta senda por la dirección
del partido. Los mencheviques sacrificaban a cada paso el programa
democrático en interés de la alianza con los liberales.
Faltos absolutamente de aliados democráticos, Kámenev
y Stalin flotaban irremediablemente en el vacío.
El choque que tuvo Lenin en el mes de abril con el estado mayor
del partido, no fue único. En toda la historia del bolchevismo,
excepción hecha de episodios aislados que confirman la
regla, en los momentos más decisivos, los líderes
del partido se sitúan todos a la derecha de Lenin.
¿Acontecía así, por casualidad? No. Lenin pudo
ser el jefe indiscutible del partido más revolucionario
de la historia porque la magnitud de su pensamiento y de su voluntad
encontraron al fin aplicación en las grandiosas posibilidades
revolucionarias del país y de la época. A los otros,
les faltaba un metro o dos para llegar, cuando no más.
Casi todo el sector dirigente del partido bolchevique se hallaba
alejado de la labor activa, desde hacía meses y hasta años
enteros, antes de estallar la revolución. Muchos se habían
llevado consigo, a la cárcel y a la deportación,
la impresión deprimente de los primeros meses de la guerra,
y cuando se produjo el desmoronamiento de la Internacional, estaban
aislados o formando pequeños grupos. Y si en las filas
del partido mostraban una capacidad de asimilación suficiente
para las ideas de la revolución, que era lo que les ataba
al bolchevismo, al verse aislados se sintieron impotentes para
oponerse a la presión del medio que les rodeaba y formarse
un juicio marxista independiente de los acontecimientos. Las inmensas
transformaciones operadas en las masas durante los dos primeros
años de guerra, quedaron casi por completo fuera de su
campo visual. Sin embargo, la revolución no sólo
los arrancaba a su aislamiento, sino que por la fuerza del prestigio
los exaltó a los cargos culminantes del partido. Por su
estado de espíritu, estos elementos se hallaban, con frecuencia,
mucho más cerca de la intelectualidad zimmerwaldiana que
de los obreros revolucionarios de las fábricas. Los «viejos
bolcheviques», que en abril de 1917 subrayaban enfáticamente
este título, estaban condenados al desastre, pues defendían,
precisamente, aquel elemento tradicionalista del partido que no
había resistido la prueba histórica. «Me cuento
-decía, por ejemplo, Kalinin, en la conferencia de Petrogrado,
el 14 de abril- entre los viejos bolchevistas-leninistas, entiendo
que el viejo leninismo no se ha demostrado incapaz para afrontar
un momento como el actual, y me asombra la declaración
del camarada Lenin, de que en las circunstancias presentes los
viejos bolcheviques se han convertido en un obstáculo.»
Lenin tuvo que oír, por aquellos días, muchas voces
parecidas. Sin embargo, al romper con la fórmula tradicional
del partido, Lenin no rebaja en lo más mínimos de
ser «leninista»; lo que hacía era desprenderse
de la cáscara, gastada ya, del bolchevismo, para infundir
nueva vida a su núcleo vital.
Lenin halló un punto de apoyo contra los viejos bolcheviques
en otro sector del partido, ya templado, pero más lozano
y más ligado con las masas. Como sabemos, en la revolución
de Febrero los obreros bolcheviques desempeñaron un papel
decisivo. Estos consideraban cosa natural que tomase el poder
la clase que había arrancado el triunfo. Estos mismos obreros
protestaban ruidosamente con la expulsión de los «jefes»
del partido. El mismo fenómeno podía observarse
en provincias. Casi en todas partes había bolcheviques
de izquierda acusados de maximalismo e incluso de anarquismo.
Lo que les faltaba a los obreros revolucionarios para defender
sus posiciones, eran recursos teóricos, pero estaban dispuestos
a acudir al primer llamamiento claro que se les hiciese.
Fue hacia este sector de obreros, formado durante el auge del
movimiento, en los años 1912 a 1914, hacia el que se orientó
Lenin. Ya a comienzos de la guerra, cuando el gobierno asestó
un duro golpe al partido al destruir la fracción bolchevique
de la Duma, Lenin, hablando de la actuación revolucionaria
futura, aludía a los «miles de obreros conscientes»
educados por el partido, «de los cuales surgirá, a
pesar de todas las dificultades, un nuevo núcleo de dirigentes».
Separado de ellos por dos frentes, casi sin contacto alguno, Lenin
no les perdió nunca de vista. «La guerra, la cárcel,
la deportación, el presidio, pueden diezmarlos, pero ese
sector obrero es indestructible, se mantiene vivo, alerta, y se
halla impregnado de espíritu revolucionario y antichauvinista.»
Lenin vivía mentalmente los acontecimientos al lado de
estos obreros bolcheviques, marchaba unido con ellos, sacando
de todo las conclusiones necesarias, sólo que de un modo
más amplio y audaz. Para luchar contra la indecisión
de la plana mayor y la oficialidad del partido. Lenin se apoyaba
confiadamente en los suboficiales, que eran los que mejor expresaban
el estado de espíritu del obrero bolchevique de filas.
La fuerza temporal de los socialpatriotas y del ala oportunista
de los bolcheviques consistía en que los primeros se apoyaban
en los prejuicios e ilusiones corrientes de las masas, mientras
que los segundos se adaptaban a ellos. La fuerza principal de
Lenin estaba en comprender la lógica interna del movimiento
y en dirigir su política de acuerdo con ella. No imponía
sus planes a las masas, sino que ayudaba a éstas a tener
conciencia de sus propios planes y a realizarlos. Cuando Lenin
reducía todos los problemas de la revolución a la
fórmula: «Explicar pacientemente», quería
decir que era preciso poner la conciencia de las masas en armonía
con la situación en que el proceso histórico las
había colocado. El obrero o el soldado decepcionado de
la política de los conciliadores tenía que pasar
a abrazar la posición de Lenin sin detenerse en la etapa
intermedia Kámenev-Stalin.
Las fórmulas de Lenin, al ser enunciadas, esclarecieron
con un nuevo haz de luz ante los bolcheviques la experiencia del
mes transcurrido y la de cada nuevo día que pasaba. En
la gran masa del partido se efectuó un rápido y
decidido desplazamiento hacia la izquierda, hacia las tesis de
Lenin. «Organización tras organización -dice
Zalechski-, se adherían a sus puntos de vista, y en la
conferencia de las organizaciones de todo el país, celebrada
el 24 de abril, la organización de Petersburgo se pronunciaba
sin reservas en favor de sus tesis.»
La pugna por el cambio de actitud de los cuadros bolcheviques,
iniciada en la noche del 3 de abril, estaba ya terminada, en sustancia,
a fines de mes (1). La conferencia del partido, reunida en Petrogrado
desde el 24 al 29 de abril, hizo el balance del mes de marzo,
mes de vacilaciones oportunistas, y del de abril, mes de aguda
crisis. En este momento, el partido había crecido considerablemente
tanto en censo de afiliados como en el aspecto político.
A aquella conferencia acudieron 140 delegados, que representaban
a 79.000 miembros del partido, de los cuales 15.000 correspondían
a Petrogrado. Para un partido todavía ayer clandestino
y hoy antipatriótico era una cifra respetable, y Lenin
lo hizo notar varias veces con satisfacción. La fisonomía
política de la conferencia quedó definida ya al
procederse a la elección de la Mesa presidencial de cinco
miembros: en ella no figuraba Kámenev ni Stalin, principales
responsables de los infortunados errores de marzo.
A pesar de que el partido, en su conjunto, había adoptado
ya una actitud firme ante los problemas litigiosos, muchos de
los dirigentes, atados por su pasado, siguieron manteniendo en
dicha conferencia una actitud de oposición o semioposición
frente a Lenin. Stalin guardaba silencio y esperaba. Dzerchinski,
en nombre de los «muchos» que «no estaban de acuerdo,
desde el punto de vista de los principios, con la tesis del ponente»,
reclamaba una coponencia de «los camaradas que con nosotros
han vivido prácticamente la revolución». Era
una alusión bastante clara al hecho de que las tesis de
Lenin habían sido concebidas en la emigración. Y
en efecto, Kámenev se encargó en aquella conferencia
de redactar una ponencia abogando por la dictadura democrático-burguesa.
Ríkov, Trotski, Kalinin, intentaron mantener más
o menos consecuentemente sus posiciones de marzo. Kalinin seguía
sosteniendo la unificación con los mencheviques en interés
de la lucha contra el liberalismo. Smilovich, uno de los militantes
más destacados de Moscú, se lamentaba fogosamente,
en su discurso de que «cada vez que hablamos, nos echan encima,
como si fueran un espantajo, las tesis del compañero Lenin».
Naturalmente, antes, cuando los moscovitas votaban a favor de
las proposiciones de los mencheviques, vivían mucho más
tranquilos.
Como discípulo de Rosa Luxemburgo, Dzerchinski se pronunció
contra el derecho de soberanía de las naciones oprimidas,
acusando a Lenin de alentar las tendencias separatistas que debilitaban
al proletariado de Rusia. A la acusación de que él,
por su parte, apoyaba el chauvinismo ruso. Dzerchinski contestó:
«Yo puedo echarle en cara (a Lenin) que abraza el punto de
vista de los chauvinistas polacos, ucranianos, etc.» Este
diálogo no deja de tener cierta gracia política:
el ruso Lenin acusa al polaco Dzerchinski de chauvinismo ruso
contra los polacos y oye de éste una acusación de
chauvinismo polaco. En este debate, la razón política
estaba por entero de parte de Lenin, cuya política de las
nacionalidades fue uno de los factores de más importancia
de la revolución de Octubre.
La oposición se iba extinguiendo, a todas luces. En el
debate sobre las cuestiones discutidas no reunió más
que siete votos. Hubo, sin embargo, una excepción uy curiosa,
en lo tocante a las relaciones internacionales del partido. Cuando
las tareas de la conferencia tocaban a su término, en la
sesión nocturna del 20 de abril, Zinóviev presentó,
en nombre de la Comisión, una proposición concebida
así: «Se acuerda tomar parte en la conferencia internacional
de los zimmerwaldianos, convocada en Estocolmo para el 18 de mayo.»
El acta dice: «Aprobada con un solo voto en contra.»
Este voto era el de Lenin, que sostenía la necesidad de
romper con Zimmerwald, donde tenían definitivamente mayoría
los independientes alemanes y los pacifistas neutrales del tipo
del suizo Grimm. Pero para os militares ruso del partido, Zimmerwald
durante la guerra era casi sinónimo del bolchevismo. Los
delegados no se decidían aún a abandonar el nombre
de socialdemocracia ni a romper con Zimmerwald, que era, a sus
ojos, un medio de mantenerse en contacto con los elementos de
la II Internacional. Lenin intentó, cuando menos, restringir
la participación del partido en aquella conferencia, asignándole
fines puramente informativos. Pero Zinóviev se pronunció
en contra de él y la proposición de Lenin no fue
aceptada. Entonces, éste votó contra la totalidad
de la resolución. Nadie estuvo a su lado. Fueron las últimas
salpicaduras del estado de espíritu de marzo; aquellos
hombres se aferraban a las posiciones de ayer, le temían
al «aislamiento». La conferencia no legó a celebrarse,
a consecuencia de aquellas enfermedades internas zimmerwaldianas
que habían movido a Lenin a romper con tales tendencias.
Por lo tanto, la política boicotista, unánimemente
rechazada, se llevó a la práctica de un modo efectivo.
A nadie se le ocultaba el viraje en redondo que había dado
la política del partido. Schmidt, un obrero bolchevique,
futuro comisario del pueblo en el departamento del Trabajo, decía
en la conferencia de abril: «Lenin ha orientado en un sentido
nuevo el carácter de nuestra actuación.» Según
las palabras de Raskolnikov, pronunciadas, cierto es, algunos
años después de los acontecimientos, «Lenin,
en abril de 1917, llevó la revolución de Octubre
a la conciencia de los dirigentes del partido... La táctica
de éste no representa una línea recta; después
de llegar Lenin, vira marcadamente a izquierda». La vieja
bolchevique Ludmila Stal aprecia de un modo más directo,
y al propio tiempo más preciso, el cambio: «Antes
de llegar Lenin -decía el 14 de abril, en la conferencia
de Petrogrado-, los camaradas erraban todos, ciegos, por las tinieblas.
No había más fórmulas que las de 1905. Veíamos
que el pueblo obraba por cuenta propia, pero no podíamos
enseñarle nada. Nuestros camaradas se limitaban a preparar
la Asamblea constituyente por el procedimiento parlamentario y
no creían posible ir más allá. Si aceptamos
las consignas de Lenin, no haremos más que lo que nos indica
la vida misma. No hay que temer a la Comuna, viendo ya en ella
un gobierno obrero. La Comuna de París o fue sólo
obrera, fue también pequeñoburguesa.» Podemos
convenir con Sujánov en que el cambio radical de orientación
del partido «fue el triunfo principal y fundamental de Lenin,
obtenido en los primeros días de mayo». Mas conviene
advertir que, a juicio de Sujánov, Lenin, para conseguir
esto, trocaba las armas marxistas por las anarquistas.
Queda todavía por preguntar -y no es pregunta de poca monta,
aunque es más fácil formularla que contestarla-:
¿Cómo se habría desarrollado la revolución,
suponiendo que Lenin no hubiera podido llegar a Rusia en abril
de 1917? Si nuestra exposición enseña y demuestra
algo, este algo es precisamente -al menos así lo esperamos-
que Lenin no fue ningún demiurgo del proceso revolucionario,
que su misión consistió pura y simplemente en empalmarse
a la cadena de las fuerzas históricas objetivas. Pero en
esta cadena él era un eslabón muy importante. La
dictadura del proletariado se deducía de la lógica
de la situación. Mas era necesario instaurarla, y esto
no hubiera sido posible sin el partido. Y éste sólo
podía cumplir su misión comprendiéndola.
Precisamente para esto, para infundirle esta conciencia, hacía
falta un Lenin. Antes de llegar él a Petrogrado, ninguno
de los jefes bolcheviques había sido capaz de pronosticar
el rumbo de la revolución. El curso de los acontecimientos
empujaba al partido dirigido por Kámenev y Stalin hacia
la derecha, hacia el campo socialpatriótico: la revolución
no dejaba sitio para una posición intermedia entre Lenin
y los mencheviques. La lucha intestina en el seno del partido
bolchevique era de todo punto inevitable. La llegada de Lenin
no hizo más que forzar el proceso. Su ascendiente personal
redujo las proporciones de la crisis. Sin embargo, ¿puede
afirmar nadie con seguridad que, sin él, el partido habría
encontrado su senda? Nosotros no nos atreveríamos en modo
alguno a afirmarlo. Lo decisivo, en estos casos, es el factor
tiempo, y cuando la hora ha pasado es harto difícil echar
una ojeada al reloj de la historia. De todos modos, el materialismo
dialéctico no tiene nada de común con el fatalismo.
La crisis que inevitablemente tenía que provocar aquella
dirección oportunista hubiera cobrado sin Lenin un carácter
excepcionalmente agudo y trabajoso. Desde luego, las condiciones
de la guerra y la revolución no dejaban al partido mucho
margen de tiempo para cumplir con su misión. Hubiera podido
ocurrir muy bien, por tanto, que el partido, desorientado y dividido,
perdiera para muchos años la ocasión revolucionaria.
El papel de la personalidad cobra aquí ante nosotros proporciones
verdaderamente gigantescas. Lo que ocurre es que hay que saber
comprender ese papel, asignando a la personalidad el puesto que
le corresponde como eslabón de la cadena histórica.
La llegada «súbita» de Lenin después de
una larga ausencia en el extranjero, el ruido desaforado levantado
por la prensa alrededor de su nombre, su choque con todos los
dirigentes del propio partido y su rápido triunfo sobre
ellos; en una palabra, el desarrollo exterior de los acontecimientos
contribuyó considerablemente, en este caso, a destacar
mecánicamente la persona, el héroe, el genio, sobre
las condiciones objetivas, sobre la masa, sobre el partido. Pero
este modo de ver es completamente superficial. Lenin no era ningún
elemento accidental en la evolución histórica, sino
el producto de todo el pasado de la historia rusa, a la que le
unían raíces profundísimas. Había
luchado al lado de los obreros avanzados durante todo el cuarto
de siglo precedente. El «azar» no era precisamente su
intervención en los acontecimientos, sino más bien
la paja con que Lloyd George quería cerrarle el camino.
Lenin no era un factor que se alzase frente al partido desde fuera,
sino que era su más perfecta expresión. Al formar
el partido, formaba en él a su persona. Sus discrepancias
con el sector dirigente de los bolcheviques representaban la pugna
del partido por la guerra y la emigración, la mecánica
externa de aquella crisis no hubiera sido tan dramática
ni habría velado a nuestros ojos hasta tal punto la continuidad
interna del proceso. De la excepcional importancia que tuvo la
llegada de Lenin a Petrogrado no se deduce más que una
cosa: que los jefes no se crean por casualidad que se seleccionan
y se forman a lo largo de décadas enteras, que no se les
puede reemplazar arbitrariamente, y que su separación puramente
mecánica de la lucha infiere heridas muy sensibles al partido
y, en ocasiones, puede dejarle maltrecho para mucho tiempo.
(1) El mismo día en que Lenin llegaba a Petrogrado, en
el otro lado del océano Atlántico, en Halifax, la
policía marítima británica desembarcaba del
vapor noruego Christianiafiord a seis emigrantes que regresaban
a Rusia desde Nueva York: Trotski, Chudnovski, Meininchanski,
Mujin, Fischeliev y Romanchenko, a quienes no se permitió
arribar a Petrogrado hasta el 5 de mayo, cuando el cambio de orientación
del partido bolchevique estaba terminado, al menos en sus líneas
generales. Por esto no juzgamos pertinente introducir en el texto
de nuestro relato la exposición de los puntos de vista
mantenidos acerca de la revolución por Trotski en el diario
ruso que se publicaba en Nueva York. Pero como, por otra parte,
el conocimiento de estas opiniones facilitará al lector
la comprensión de las corrientes y los grupos que habían
de formarse más tarde en el seno del partido, y sobre todo
la lucha ideológica planteada en vísperas del alzamiento
de Octubre, nos parece oportuno desglosar de la exposición
lo que se refiere a este punto e insertarlo al fin del libro en
forma de apéndice. El lector a quien no interese el estudio
detallado de la preparación teórica de la revolución
de Octubre, puede prescindir tranquilamente de su lectura. [NDT.]